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COVID-19 pasa factura a la visión neoliberal de la salud

Esta pandemia puso al desnudo la arrogancia de un neoliberalismo que soslayando la fragilidad humana desprotegió a los sistemas sanitarios, analiza el médico suizo Bernard Borel. Sus vectores, asienta, no fueron los migrantes, sino los ejecutivos o los turistas del autodenominado “primer mundo”. Entrevista.

En su larga experiencia médico-sanitaria en países del Sur y de Europa. ¿Se confrontó alguna vez con una situación como la actual?

B.B.:  Creo que ni yo ni nadie vivimos algo así. Hubo una alerta seria en el 2009 con la gripe H1N1, que, por suerte, al final, no resultó tan grave y rápidamente se logró una vacuna. Más allá de algunos especialistas, no hubo entonces ninguna toma de consciencia a nivel político o de sociedad sobre lo que podía acaecer con este tipo de pandemias. Hemos vivido en los últimos 50 años con la confianza propia de la arrogancia típica de la sociedad de consumo impuesta por la globalización neoliberal, olvidándonos de nuestra propia fragilidad biológica como sociedad humana.

¿Qué es lo que más le sorprende de la crisis actual?

B.B.: La negación, en un primer momento, de parte de la Organización Mundial de la Salud y de casi todos los gobiernos, de la gravedad de la epidemia. Y la dificultad de ofrecer una respuesta concertada a nivel regional, lo que prueba la falta de preparación. COVID-19 nos agarró por sorpresa. Cada uno pensó que eso era un problema de los otros, pero de pronto, estaba aquí, difundiéndose a ritmo acelerado por todo el planeta. Y por tratarse de un virus nuevo, no se podía prever bien cómo iba a evolucionar la enfermedad. Pero quedó claro que era muy contagiosa, que no tenía tratamiento específico y podía ser mortal. Y eso conllevó a un movimiento de pánico, en Europa por lo menos, ya que este virus atacaba a todos por igual, ricos y pobres. 

Al final, los gobiernos, no tuvieron otra opción que imponer el confinamiento, con diferentes matices, para frenar la difusión del virus y evitar lo más posible la sobrecarga en los hospitales. Y eso conlleva a una semiparalización de la economía. En perspectiva, tendrá un impacto mucho mayor que el que produjo la crisis financiera del 2008. Y esto, en la Europa próspera de los últimos 50 años, aparece como inaudito.

Desde la perspectiva europea, la pandemia parece dejar una lección: no hay países ricos ni “potencias” que puedan subestimar su impacto. 

B.B.: Es cierto. Nos recuerda que todos somos seres humanos, con nuestra propia fragilidad biológica. En este caso, hay dos elementos importantes que están en juego: cuál es la población con más riesgo de complicación (ya que es una enfermedad sin tratamiento específico) y cómo el sistema de salud puede hacer frente a una ola enorme de pacientes. Por lo que se observa, los niños tienen pocos síntomas, y son los ancianos los que más mueren. En Europa, por la tendencia demográfica actual, ese sector de la población es significativo. En la última década, se ha criticado mucho, aquí, a los sistemas públicos de atención médica, acusándoles de ser “caros e ineficientes”. Como consecuencia, se han reducido muchos las camas hospitalarias y los puestos de trabajo en el sector en toda Europa, pero sobre todo en los países del sur del continente, (Italia, Grecia, España y Francia).

 Ahora se paga el costo de esta visión cortoplacista y neoliberal de la salud. Pero hay algo aún más importante. Esta pandemia se debe a nuestra economía globalizada. Los vectores fueron los viajeros por avión, principalmente cuadros de las grandes empresas transnacionales y de los diferentes gobiernos, y los turistas del autodenominado primer mundo. ¡Los vectores no han sido los migrantes económicos o climáticos, ni los refugiados que huyen de los conflictos y llaman a las puertas de Europa o de los Estados Unidos!

A la luz de esta crisis se abrió un verdadero debate sobre el rol del Estado y de la salud como bien público…

B.B.: En el “primer mundo”, el sector salud representa un “mercado” importante, y por supuesto el sector privado, que cuenta con un fuerte lobby en los parlamentos, no ha dejado de criticar al sistema público por “ineficiente”. Pero, ese mismo sector, nunca quiso encargarse de los casos que necesitan cuidados intensivos. Operan en cadena, en los hospitales privados y sin demora, por ejemplo, caderas, ya que la población de la tercera edad es numerosa y ese tipo de cirugía resulta un buen negocio. Pero si hay complicaciones, trasladan inmediatamente a los pacientes al sector público. 

Esos mismos sectores lograron convencer a la clase política -con un cierto aval de la población-, de que el sistema de seguridad social es demasiado caro y que había que recortar presupuestos. Esto significó una reducción de camas hospitalarias a la mitad en 10 años, recortes sistemáticos de personal, y salarios a la baja. Un médico puede ganar más trabajando en el sector privado, sin hacer guardias, que sus pares que en los hospitales públicos asumen las emergencias. Muchos de ellos desertaron el sector público.

Hoy, frente a la pandemia, se constata que el sector público está en la primera línea, al frente del combate epidemiológico, aun careciendo de muchos de los recursos necesarios. Pero hay algo más: esta pandemia puso de relieve la fragilidad del aprovisionamiento de insumos de los sistemas de salud en Europa: 80% de los medicamentos se producen en India o China; casi el 100% de mascarillas viene de Malasia; la solución hidro-alcohólica (para desinfectar las manos) es también importada. Y como acumular reservas pareciera ser caro, de ahí la penuria de insumos, pruebas y medicamentos en muchos países europeos.

¿Puede la crisis actual provocar una lógica de ruptura y gestar nuevos paradigmas civilizatorios?

B.B.: ¡Podemos esperarlo, pero esto no se hará sin lucha!  El sistema económico está paralizado pero el aparato productivo está intacto y la demanda siempre existe. El sistema financiero se está organizando para mantener o aumentar su poder. Pero la sociedad civil y los movimientos sociales van a salir reforzados de esta crisis, porque esta reveló de manera clara muchas de las reivindicaciones sociales más sentidas. No solo la defensa de la salud como servicio público sino también la lucha contra el descontrol climático. Al parar la economía, se ve que la naturaleza retoma un poco de vida. Por eso estoy convencido que tenemos que aprender a vivir en este mundo de modo diferente. Con esta crisis vemos que, con el actual modo de vida, el ser humano es la primera víctima de la irracionalidad del sistema hegemónico. 

Fuente: Swissinfo

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