Investigaciones abren nuevas puertas para tratar el Parkinson con células madre
Las inyecciones de elementos celulares (presentados aquí en estado de congelación dentro de viales) podrían ser de utilidad para la recuperación de las neuronas faltantes en los cerebros de individuos que padecen la enfermedad de Parkinson.

Dos recientes estudios médicos, aunque aún en etapas preliminares, han reavivado una idea que lleva décadas en el ámbito científico: que es posible reemplazar las neuronas dañadas por el Parkinson mediante la introducción de nuevas células en el cerebro. Los hallazgos, publicados el 16 de abril en la revista Nature, muestran los primeros indicios de que las terapias basadas en células madre podrían representar una alternativa prometedora para frenar esta enfermedad neurológica y los síntomas que la acompañan, como los temblores y la rigidez muscular.
Los equipos científicos responsables de los estudios inyectaron en el cerebro células derivadas de células madre con el objetivo de que evolucionaran en neuronas productoras de dopamina, sustancia química esencial para la comunicación entre neuronas que escasea en los pacientes con Parkinson. Esta afección, que afecta a más de ocho millones de personas en todo el mundo, se caracteriza por la progresiva desaparición de dichas neuronas.
Según el neurólogo Ole Isacson, de la Universidad de Harvard, los resultados obtenidos representan un avance esperanzador y refuerzan la viabilidad de este enfoque terapéutico. Aunque el concepto no es nuevo —hace décadas se intentaron trasplantes de tejido cerebral fetal con resultados limitados y problemas éticos—, los nuevos estudios aportan evidencia más sólida y tecnología mejorada.
Ambas investigaciones fueron de pequeña escala: una involucró a 12 pacientes y la otra a siete. El objetivo principal era determinar si el procedimiento era seguro. En el pasado, algunos ensayos dejaron secuelas indeseadas, como movimientos anómalos o sangrados cerebrales. También se temía que las células implantadas pudieran crecer de forma incontrolada, pero ninguno de estos efectos adversos se presentó en los estudios recientes.
Jun Takahashi, neurocirujano de la Universidad de Kioto, confirmó que se logró validar la seguridad del proceso. Algunos voluntarios presentaron efectos secundarios leves, posiblemente ligados a los inmunosupresores que debían tomar para evitar el rechazo de las células trasplantadas. Para evitar ese tipo de complicaciones, otros investigadores como Isacson exploran el uso de células madre extraídas del propio paciente, lo que podría mejorar la compatibilidad y los resultados a largo plazo, aunque representa mayores desafíos técnicos.
Si bien los estudios no estaban diseñados para evaluar directamente la eficacia clínica del tratamiento, algunos participantes sí mostraron mejoras en sus síntomas. Tabar, coautora de uno de los estudios, afirma que, pese al tamaño reducido de las muestras, se observaron señales alentadoras que apuntan a un posible impacto positivo en la calidad de vida de los pacientes.
Los resultados también revelaron actividad dopaminérgica en el cerebro de varios voluntarios, lo que respalda la hipótesis de que estas células injertadas pueden cumplir una función activa. No obstante, los científicos insisten en que son necesarios estudios de mayor alcance para confirmar los efectos observados. Ensayos clínicos más amplios ya están en preparación, incluyendo uno que involucrará a unas 100 personas y que será llevado a cabo bajo condiciones más rigurosas, como el doble ciego.
Con estos pasos, la comunidad científica renueva su interés en una vía terapéutica que alguna vez pareció inalcanzable, dando lugar a un renovado optimismo sobre el futuro del tratamiento del Parkinson.
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